En menos de dos días terminé de leer La Primera Noche de la Vida de Tamio Hōjō, editado por También el Caracol.
Un compendio de varios cuentos y memorias de este escritor que contó con la ayuda y el reconocimiento de Yasunari Kawabata, uno de los escritores más importantes de Japón.
Tamio Hōjō fue un escritor japonés nacido en 1914 en Seúl, cuando Corea aún se encontraba bajo dominio del Imperio japonés. A los 19 años fue diagnosticado con lepra y posteriormente internado en un leprosario, donde pasaría el resto de su corta vida. Allí debió escribir bajo un seudónimo, ya que su verdadero nombre —Teruji Shichijō— fue ocultado por miedo a la discriminación que pudiera sufrir su familia, y recién sería revelado en 2014.
La primera noche de la vida es el relato que abre este libro, y se presenta como una memoria directa, casi un diario, de su ingreso al hospital.
Con una crudeza realmente profunda, donde la realidad supera a la ficción, Tamio Hōjō nos guía por los pasillos de un inmenso lugar donde se manifiestan las formas más terribles de la enfermedad de la lepra.
La brutalidad del relato enmarca un sufrimiento de un terror físico abismal. Manos hinchadas, amputaciones, cuencas de ojos vacías, rostros que pierden su humanidad a gran velocidad, gritos, llantos, enfermedades mentales. Todo esto dentro de una atmósfera hospitalaria opresiva, en un Japón que se aproxima a la guerra, aunque esta nunca es mencionada.
La guerra que libran quienes acompañan al protagonista en estos cuentos es otra: una batalla cotidiana, perdida de antemano, pero enfrentada con una fortaleza desesperada, una resistencia mínima que solo puede nacer cuando la muerte ya está presente.
“Miren nomás el estado de esta habitación de hospital.
¿Hay siquiera una sola persona viva y respirando aquí dentro?
Todos, este hombre también, están muertos.
Todo es gris, del color de la ceniza.
Ya no queda impulso vivo ni sonido de respiración con algo de esperanza.
Más que eso: ya no queda ni un solo ser humano aquí.
No son humanos.
Son algo distinto, algo que se diferencia de los seres humanos que he visto a lo largo de mi vida, seres que gimen con desesperación en sus últimos y agónicos momentos.
Yo también soy uno de esos seres.
Estoy muerto, ya estoy muerto.”
Tamio Hōjō no da vueltas en su escritura. No se detiene en largas descripciones de ropas, muebles u objetos inertes. La simbología con la que transmite sus historias aparece en gestos humanos mínimos: una ligustrina, el té, los sonidos de voces vencidas por la lepra.
Va más allá de describir el sufrimiento como catarsis; demuestra que incluso en la agonía hay lucha. Una lucha distinta, silenciosa, pero lucha al fin, de seres humanos desplazados, confinados al olvido, hacinados en camillas, envueltos en vendas y pudriéndose en vida.
La primera noche de la vida fue publicado por primera vez en 1936, en la revista literaria japonesa Bungakkai, con el apoyo directo de Yasunari Kawabata. Décadas después, el texto es rescatado por Mariana Alonso y Miguel Serdegna para la editorial También el Caracol, con una traducción magistral de Matías Chiappe Ippolito, en una edición que hoy puede conseguirse en librerías de todo el país.
Esta reseña fue escrita mientras escuchaba esta canción:
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